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Para comprender el nacimiento de la ciudad y su persistencia a través de los siglos será útil conocer el curso del
río Águeda. Este afluente del Duero discurre por un valle encajado en la mayor parte de su longitud. Comienza a entallarse ya a su paso por El Rebollar y la Presierra de Gata. Aguas abajo de la ciudad, cerca de su desembocadura, vuelve a ahondarse en los cañones que hoy forman parte de los parques naturales de España y de Portugal: Arribes del Duero y
Douro Internacional. Es, pues, un río de curso accidentado, con escasos tramos de llanura, entre ellos el que surca el valle o cubeta de Ciudad Rodrigo.
Con 239,9 km2 el término de Ciudad Rodrigo es el municipio más extenso de la provincia. La ciudad dista 86 km de Salamanca, 20 de la frontera de Portugal y 30 de Extremadura, lo que le concede una
situación privilegiada para conocer los atractivos de la Raya Central hispano-portuguesa. La altitud del casco antiguo alcanza los 653 m y el techo del municipio es el pico Moro, en la Sierra de Camaces, con 914 m sobre el nivel del mar. A su paso por la ciudad el río Águeda se encuentra aproximadamente en la cota de los 620 m de altitud.
La variedad del medio físico de la comarca se corresponde con su alta
biodiversidad. En la Tierra de Ciudad Rodrigo se conservan valiosas formaciones vegetales y árboles monumentales, desde las cumbres de la Sierra de Francia, con 1.730 m, hasta las honduras del Águeda en La Fregeneda, con 123 m, el punto más bajo de la comunidad de Castilla y León.
El encinar lusitano es mayoritario en la comarca, extendido sobre un área de clima más benigno y lluvioso que en el interior de la provincia y del resto de la meseta. A pesar de su nombre y del dominio de la encina, también favorecida por las preferencias humanas, el encinar lusitano incluye alcornocales, de hoja también perenne; quejigales y robledales de roble rebollo, de hoja marcescente, esto es, que permanece seca en los árboles durante buena parte del invierno. Precisamente esta alternancia de especies del género
Quercus lo distingue del encinar castellano, donde el dominio de la encina es casi absoluto.
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